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micolumna

La sociedad cortesana

La sociedad cortesana

Siempre me ha llamado la atención la conducta de los hombres trajeados. Se distingue claramente quien lleva traje por obligación y quien lo lleva por obligación y gusto. Muchos de los que hacen uso del transporte público llevan las manos en los bolsillos y dan unos pasitos hacia delante y hacia atrás, como si fuesen pavos reales, contoneándose. Es como si el dichoso traje les ofreciese un porte y un estatus social que aquel que lleva otras ropas, en ocasiones más caras, no poseyera. Dicen a los demás viandantes, eh, que llevo traje y corbata, que soy alguien, que tú no eres, pobre diablo. Aquellos que llevan traje como uniforme de faena no suelen hacer tales ostentaciones.

 

Por eso, el día en que Steve Jobs, presidente de Apple presentó al mundo su nuevo modelo de ipad en pantalones vaqueros, me llamó francamente la atención. ¿Qué gran empresario, alto cargo o quien se crea alguien en España, iba a presentar un producto de nivel mundial, de manera tan relajada? Bueno, más bien habría que preguntarse si alguna vez alguien en España podrá presentar un producto de nivel global. Pero volviendo a la cuestión, parece impensable. Si hasta un concejal de pueblo se cree más que un ministro.

 

Esto es así, porque España es en el fondo una sociedad cortesana, tal como me lo decía un buen amigo mío, al que admiro desde siempre. España, país de hidalgos, ha pasado de puntillas por la revolución industrial, tan de puntillas que es un país prácticamente desindustrializado. Se ha evolucionado de una sociedad agraria a una sociedad de servicios en menos de treinta años. Pero las conductas atávicas permanecen en lo más profundo de nuestra vida cotidiana. La relación sigue siendo más valorada que la realización. La posición sigue siendo más importante que el mérito en una sociedad tan cerrada como la de nuestros abuelos. Las oportunidades de negocio dependen más de los buenos contactos que te ofrecen sustanciosos contratos, que el servicio o el producto reales en términos competitivos.

 

Y así es nuestra sociedad cortesana. Centrada en la apariencia antes que en el trabajo real. Como los viejos hidalgos, sentimos repugnancia por las artes mecánicas. Como los viejos hidalgos, las buenas familias colocan de escuderos a sus retoños en las sucursales españolas de las multinacionales extranjeras, a cambio de contactos, contratos, etc,etc, ay, la corte. Espléndidos efebos de pelo largo y rubicundo que no han hecho nada en su vida, más que estudiar en colegios caros, visten caros trajes y relojes y miran por encima del hombro a los viandantes, sin seguir haciendo nada de provecho en su vida. Siguen ahí como peones de matrimonios preparados (ahora se supone que matrimonios comerciales), como los de antes.

 

Y el poco orgullo de hidalgo que pueda quedar en mi sangre mira con envidia los desgastados vaqueros de Steve Jobs.

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