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micolumna

China es el problema y la solución

China es el problema y la solución

China es el problema y China es la solución. China ha aparecido como la gran potencia emergente, el taller del mundo. China es la enorme factoría en donde las grandes firmas ubican su producción. China ofrece sueldos baratos y una tiranía en la que no existen derechos laborales, ni ningún otro tipo de derecho, claro está.

El asunto es que la ecuación no cuadra. Si China es un lugar donde se produce y no hay derechos de ningún tipo, tampoco hay sociedad de consumo. Los chinos no consumen lo que las grandes factorías producen. Pero si estas grandes empresas, al hacer las maletas y emigrar a China, lo que han hecho es destruir empleo en sus países de origen. Luego, ¿a quién van a vender sus productos? ¿a los chinos que no pueden consumir... ni respirar? ¿a los americanos y europeos que han dejado en la calle sin empleo?

Entonces, sólo caben dos opciones. O bien se vuelve al proteccionismo, porque una cosa es ser liberal y otra es ser tonto. Un mercado que sólo te vende pero no te compra nada, no te interesa.

O bien China evoluciona hacia una democracia con derechos de todo tipo y se convierte en una sociedad plural y de mercado. Primero por razones humanas. Es una tiranía en la que recientemente se ha condenado a un intelectual por sugerir algo más que un partido único. No se ha visto que las grandes democracias occidentales, tan prestas en otros casos a rasgarse las vestiduras, hayan emitido algo más que escuetas y sigilosas condenas. Es un lugar en donde se ejecuta a la gente en los estadios. Segundo por razones económicas. Si China es un mercado de consumo, todos salvados.

China puede estabilizar el sistema económico. Pero desde una sociedad plural y abierta puede contribuir, con su cultura milenaria, a un auténtico salto cualitativo en la humanidad.

Las graves consecuencias políticas de la crisis

Las graves consecuencias políticas de la crisis

La mayor parte de los Estados europeos adoptan medidas de recorte económico muy duras, que afectarán a buena parte de la población. Estas decisiones, que pretenden contentar a los mercados, se dicen valientes. Y sí, son muy valientes, porque mucho me temo que dentro de dos años no quede ni uno solo de estos valientes gobiernos. Básicamente porque los Estados europeos suelen acudir a las urnas y llevar a cabo una intensa vida parlamentaria. El problema es que algunos líderes se creen que en sus Estados nacionales rigen las normas ademocráticas de las instituciones europeas. Y sí, se van a llevar un buen palo. Y sí, que hay que ser responsables, que hay que obrar en consecuencia, etc. Pero cuando sus partidos comiencen a perder regiones, ayuntamientos y presencia en muchas instituciones, a ver qué le dicen a sus militantes.

 

Están gobernando para los mercados, pero quienes les han puesto ahí son sus ciudadanos. Históricamente, a finales del XIX y principios del XX algunas democracias liberales eran gobernadas por las oligarquías financieras. Hoy se someten al dictado de unos "mercados" que vuelven locas a las bolsas. Pero siempre que la democracia ha dado la espalda a su base social ha acabado perdiendo. Pensemos en los años 30 del siglo XX. Hoy vivimos nuevamente tiempos revueltos en los que viejos pescadores con rostro nuevo como el neofascismo o el neocomunismo, aquellos que tengan un discurso fuerte, que desprecien a los mercados y digan no gobernar para el FMI se llevarán el gato al agua. Volverán tiempos de nacionalismos, de reacciones desmedidas. Es importante que las democracias no pierdan su base social y sean valientes, que equilibren sus cuentas sin poner en peligro a sus sociedades y regulen a los mercados. Que sí, al final los mercados volverán al redil, porque los Estados necesitan a los mercados, pero la dependencia es mutua. Si no pueden operar, no hay ganancia. Si los Estados democráticos no son todo lo beneficiosos para ellos, peor serían otras soluciones, ya no tan descabelladas.

La deseconomía de la economía

La deseconomía de la economía

Desde que tengo uso de razón vengo escuchando que hay que apretarse el cinturón, que el mundo cada vez es más competitivo, que hay que flexibilizar la economía para hacerla fuerte, entre otras cosas. La actual crisis no es más que una vuelta de tuerca más en lo que ya se venía haciendo, incluso con el paréntesis inmobiliario de nuestro país. Desde hace tiempo se han relajado las reglas de funcionamiento de los mercados. Desde hace tiempo las empresas deslocalizan sus plantas hacia países con mano de obra más barata. Desde hace tiempo se despide a los trabajadores de más de cuarenta y cinco años. Desde hace tiempo los productos son menos durables, tienen peores acabados y la atención al público es más desconsiderada. Sin embargo, todas estas medidas no parecen hacer más competitivas a las empresas, ni a la economía más eficiente. En el fondo, bajo la filosofía de la flexibilización dirigida al infinito se esconde la realidad de la autodestrucción. Con cada deslocalización se ganan esclavos, pero se pierden clientes. Con cada trabajador maduro despedido se pierde experiencia y, por lo tanto, una cada vez menor orientación a la calidad. Con cada producto más corto en el tiempo se pierde producto.  Con la desconsideración hacia el público se pierde de vista la orientación hacia el objetivo final. La economía ha querido ser tan ligera que ha querido prescindir primero de las normas, después de los trabajadores, después del producto y finalmente de los clientes. Y a fé que lo ha conseguido. Tenemos una economía sin trabajadores, que no produce, que no tiene nada interesante que vender y, finalmente sin nadie que quiera comprar. Se quiere hacer todo tan deprisa que se ha hecho todo mal. "Time is money". Pero en los dos sentidos. Cada minuto es oro y no se puede perder. Pero si quieres generar oro, tienes que echarle tiempo. Pero al fin el FMI puede respirar tranquilo: hemos generado una economía tan ligera de equipaje que no existe.

Bienvenido

Esta es la columna del periódico en el que nunca pude escribir. De manera tranquila y reposada o apasionada y vigorosa voy opinando sobre algunas cosas.